Voyeour
Refugiado en el rincón del sillón, mis ojos atentos por encima de la máscara de un libro abierto trataban de ubicar en la pared el origen del escándalo metálico que anunciaba el vencimiento de la garantía de los resortes de esa cama tan vieja como sus ocupantes.
El repentino silencio me hizo pensar dos cosas igual de plausibles que la impotencia de no ver a través de las paredes: que alguno de esos corazones había dejado de funcionar o que aquellos estaban atentos al pervertido silencio de un vecino habitualmente ruidoso.
El corazón de Conrad salió de las tinieblas para verse envuelto en una nube de efluvios ácidos que amenazaban con borrar su foto de la cubierta de el libro. Enmudeció al igual que yo, las letras se disolvían cómo la lluvia negra de unos ojos atormentados de pasado.





