¿Dónde están las llaves?
Siempre era lo mismo. La mañana y su cielo azul se vieron contaminadas con la grisácea nube de la malidicencias, empujones y reproches por ubicar las llaves.
Debajo de la cama, encima del ropero, dentro del abrigo, abajo de la mesa. Entre más se acercaba la aguja indicando las ocho de la mañana más en lo profundo del misterio se hundían las otrora tintineantes.
El trato inicial era dejarlas donde correspondían, en el pequeño perchero diseñado para ese propósito; el primer y único inciso de esa reglamentación era que: en caso de que las llaves no ocupasen su lugar correspondiente y de no estar siendo usadas, el último que les haya dado uso respondería por su paredero.
Ante la innegable sabiduría salomónica del edicto hogareño sólo se podía esperar la anárquica ruptura del pacto establecido a la menor oportunidad.
-Por estar poniéndote atención con tus cosas no recuerdo si yo las usé anoche. -dijo ella al momento en que decoraba sus ojos con la complicidad de un rímel innecesario pero condescenciente.
-¿Mis cosas? ¡Mas bien yo con las tuyas! Deben estar por aquí -dijo él mientras revolvía un montón de periódicos que nunca se leyeron-, anoche las dejé aquí al regresar de la tienda y ya no están.
-Cómo siempre… -dijo ella más para sí pero con el volumen adecuado para transmitir el mensaje.
-Si, si, como siempre. No veo que tu hagas nada, sigues ahí frente al espejo; te tengo noticias, las llaves no están debajo de todo ese maquillaje.
Como un par de cervatillos que presintieran el inicio de un terremoto, dejaron que su quietud invadiera de silencio lo que hacía unos momentos era caos. Él, arrepentido ipso facto, comenzó a montar una obra increíble en la que el personaje principal buscaba un cubo de hielo en el desierto mientras una tormenta de arena a sus espaldas comenzaba a tomar una fuerza incontenible.
Pero el sonido a su espalda era el cierre de las tapitas de algún cosmético, luego el cierre de un bolso que parecía encerrar un cadáver, y el andar de unos tacones que asemejaban al martilleo con el que se estilaba cerrar los féretros.
Él seguía en el segundo acto de la obra; esconderse en la recámara, removiendo lo que a sus ojos eran sábanas pero que en su mente no era más que su estupidez.
A lo lejos escuchó el inequivoco tañer de las campanas para ese llamado a misa nombrado: “¡qué bueno que las hallaste!”. Sin embargo detuvo en seco su carrera en busca de la salvación filial cuando vió los últimos instantes en que la puerta era cerrada por fuera y asegurada fuertemente con llave.





