Antes con el hambre bastaba
“Cómo cambian las cosas, cómo cambia uno” pensó Humberto cuando arrastraba hacia el interior del vagón del metro el pesado costal que contenía una semana de miseria por trabajar en la esperanza en forma de cartón. Salvando con un esfuerzo extra el desnivel del andén y los pies de los viajantes que miraban a la nada a la vez que la alarma sonora daba aviso que el tren estaba próximo a cerrar la posibilidad de ahorrar unos minutos, Humberto logro hacerse de un sitio donde no estorbar ni ser el blanco de la mirada de nadie. Regresó a sus cavilaciones justo en el momento en que el bamboleo arrullaba a los más afortunados que se rendían al sopor de un aire viciado de carbón, humores humanos y otros tipos de suciedad. “Antes bastaba con tener hambre para dejar de pensar en otras angustias, el hambre hacía todo más sencillo“. Humberto, al igual que los otros que ansiaban llegar con prisa a sus destinos, sentían esa misma ansiedad disfrazada de cansancio, de coraje, de premura, pero al final todo se resumía en un hambre insaciable que acrecentaba al paso de cada estación, a cada voz de merolico que prometía un fatuo bienestar materializado en pomada de veneno de abeja, en rancias alegrías de amaranto que se desmoronaban a cada suspiro de impaciencia.
Dante estaría orgulloso al ver que la desesperanza se encontraba en cada puerta del convoy de un tren anaranjado; los abandonados a esa promesa de bienestar futuro encontraban su purgatorio particular al verse solos a la mitad de una masa humana que pensaba sólo en sí misma, en sus quehaceres, en su día recorrido, en su cansancio mañanero, en su tedio durante el día, en su insistencia en desgastar el reloj de tanto mirarle. Humberto seguía mascullando: “Antes nada más era cosa de tener hambre para olvidar todo lo demás“. Miraba el bulto causante del dolor de su brazo derecho; un costal lleno de cartón con el cual fabricaba figuras alusivas a festividades de lo más diversas: quince años, bautizos, cumpleaños, festejos ajenos que encontraban en los cartones de Humberto un detalle visible al receptor. La materialización de los buenos deseos que había que cuidar de la humedad y del negligente doblez accidental. Humberto vió, nada más con ingresar al túnel, que la estación de su descenso esperaba su arribo casi rayando las seis de la tarde. Al abrirse las puerta arrastró nuevamente su bulto antes sorteando la furia desesperada de aquellos que habían dejado la esperanza allá arriba, en los torniquetes.
Entonces siguió otra faceta de su rutina. Con su bulto a cuestas se encamino donde las citas de las almas perdidas en el subsuelo quedan fijadas, debajo del reloj que indica, además de la hora, el eje de equilibrio de las ansias de los que piensan en pares. Dejo su carga, esperó que dieran las seis con diez de la tarde y vio, enseguida, la figura femenina sobre unos zapatos negros que soportaban la pesadez de un día de labores en una tienda de hilos y costuras. Humberto miró hacía el otro andén, ignorando el enorme abismo cargado de electricidad y basura, como el ansia caminaba para posarse, finalmente, debajo del otro reloj, aquel que daba la hora en un mundo que iba en otra dirección.
Pasando cinco minutos Humberto comenzó a levantar su bulto nuevamente a sabiendas que el guión continuaba.
Echo un último vistazo justo en el momento en que su ansia, el objeto de sus desvíos, terminaba siendo acompañada por alguien que desperdició cinco minutos de vida por los que Humberto hubiese dado tanto.
A la estación llegaron ambos trenes sincronizados por la envidia de Humberto. Este acerco sus cansados pies al borde de la línea amarilla que advierte sobre la impudencia de acercarse a un objeto tan veloz. Antes de abordar aspiro con profundidad y siguió pensando: “Antes bastaba con tener hambre para olvidar lo demás“.




