La tumba del pardo

El agua que hierve

Posted in Letras by Morfo on September 2nd, 2010

-No sé, no logro escuchar, además me acabo de quemar la mano con la olla.

Miraba en busca de la cara exterior de su mano, su mirada ceñuda parecía que descifraría en cualquier momento los misterios más profundos de la humanidad, pero no, sólo buscaba el daño causado por el calor.
Él continuaba mirando furtivamente por la ventana, ocultando su rostro con las cortinas mientras trataba de buscar el origen del ruido.

-Pero sí se escucha, ¿No oyes? -respondió un tanto airado ante la indiferencia-. Me parece que vienen para acá. Se oye más cerca.

-Ya llegarán si es que vienen para acá -dijo ella sin siquiera mirarle, seguía pendiente de la estufa y el dejo de flama azulada que anunciaba la próxima ausencia de gas-; el problema es esperar sin hacer nada cuando la inevitabilidad se cierne. Hasta deberías encender la radio, no sé, poner música tal vez.

-¿La radio? ¡Pero si ya no hay nadie!

-Tampoco había nadie ya cuando entramos a esta casa -dijo ella con la misma paciencia de siempre-. Y mira, aquí estamos diciendo pendejadas, nadie nos garantiza que no esté otro loco en la radio anunciando que todo va de maravilla.

Él dejó de increpar. Miró hacia donde estaba ella y sostuvo la vista en la espigada silueta que esperaba el hervor del agua. Se alejó de la ventana, caminó hacia uno de las sillas de la cocina de la casa y dejó caer su peso en ella. Echó su cabeza atrás y cerró sus párpados como quieriendo exprimir de sus ojos el cansancio y algunas lágrimas contenidas por la tensión.
Pero no logra llorar, piensa en lo inútil que sería hacer algo así en un momento como ese. Después de todo, eran afortunados si es que la fortuna se expresaba mantieniendolos vivos, sin comida y en medio de otras adversidades.
Decir que estaban robando era impreciso pues aunque estaban invadiendo una propiedad abandonada lo único que sustraían de ella era agua estancada de un vitrolero y lo que restaba de gas.
Pensaba en esas frugalidades cuando abrió sus ojos para buscarla. Ahora estaba sentada sosteniendo la taza con las dos manos como si quisera atrapar el calor del agua para siempre. Miraba el café soluble preparado, tal vez agradeciéndole su existencia o maldiciendo la falta de opciones. Lo que él en realidad observaba era ese perfil del rostro agachado de ella; su frente, sus cejas, sus párpados que simulaban unos ojos cerrados sin estarlo, su nariz. Por un momento todo dejo de tener movimiento, salvo las ocaciones en que ella sorbía el café y asomaba de su rostro los labios.
Así, así debía ser para siempre.

De pronto, no supo si el ruido regresó o fue él quien lo hizo. Ella dejó su taza y le miró a los ojos para decirle algo que no era necesario pues ambos tenían entendido lo siguiente por hacer.

Se levantaron. Tomaron sus fusiles y salieron por la puerta posterior de la casa mientras el tableteo de la artillería enemiga hacía estragos a unas cuantas calles de distancia.

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