El segundo frente
Luego de los obligados empujones que anteceden el abordaje a cualquier vagón del metro las personas van tomando lugar, como canicas en un frasco que ha dejado de agitarse. Avecindados en la cortedad de un horizonte delimitado por el aluminio de las ventanas se muestra indiferencia a las palabras de los extraños, pero es cuando a veces la atención se agudiza, alimentada por el morbo.
Una mujer nerviosa que mira repetidamente sobre su hombro, detrás de ella, buscando algo entre la marea de rostros cansados de un viernes como cualquier otro. Mira a quienes van sentados, de pie, recargados sobre una puerta o aferrados al pasamanos. No encuentra lo que busca. El hombre, más relajado y sobrado de sí, mantiene su plática insistente con la misma indiferencia de aquellos que son observados por la mujer. Ambos, de pie, frente a frente, o casi.
-Yo no voy a hacer nada que no quieras -dice el hombre una frase que ha sido repetida por toda la eternidad-, cuando decidas que es el momento yo voy a estar esperando.
Ella sin hacer mucho caso ante esto responde:
-¿Y qué es lo que vas a hacer? -pregunta ella mientras continúa con su búsqueda visual.
-Voy a poner un puesto de tacos mientras consigo chamba. Voy a pedir prestado pero ya sé dónde ponerme.
-Está bien, ¿quien te va a ayudar?
-No sé todavía pero a lo mejor le digo al hermano de esta.
-¿Tu cuñado?
-Si, él.
El ruido del vagón sobre las vías profundiza la dureza del comentario. Insidioso pero dejando el espacio suficiente para una respuesta. Después de todo siguen abrazados. Por un momento la mujer me mira pero no reconoce en mí nada familiar, sólo soy un extraño más que disimula no escuchar nada de aquello.
El hombre se acerca a la mujer, le besa su boca. Ella no se opone, corresponde al gesto con otro más.
-¿Esta chamarra es de él? -pregunta el hombre mientras toma con su manos una de las solapas de la chamarra de mezclilla azul, desgastada por largas horas de servicio.
-Si
-¿Él fuma?
-Si
-Se nota, huele a cigarro.
Llegamos a la terminal. Los que van sentados se ponen de pie. Los que van leyendo cierran sus libros o doblan sus diarios según sea el caso. Los que van escuchando pláticas ajenas comenzamos a enfilarnos hacia las puertas. Los que pretenden no ser descubiertos por ojos indiscretos se deshacen de su abrazo y, lado a lado, pretenden mostrar a quienes están en el anden que ellos no van juntos, que no se hablan ni se conocen.





Una mirada furtiva y microscópica a nuestros paisajes urbanos, a estas realidades tan lejanas de nuestras expectativas y tan cercanas como vecinas, vecinos, merodeadores y observantes. Saludos.