La carta perdida II
El Fuerte Esperanza era todo menos un fuerte. Sus paredes eran de adobe igual que el resto de las construcciones de aquel pueblucho olvidado en la sierra. Desde que la revolución triunfó el recién electo gobernador hizo una nueva carretera detrás de las colinas por lo que cruzar por San Teofanio se convertía en un mero accidente propio de los viajantes que habían perdido el camino. Aún así era un fuerte y como tal era custodiado por un regimiento de soldados, bueno, se decían así mismo soldados pero realmente eran cuatro rurales que se habían anotado en la lista de voluntarios pues el campo ya no dejaba ni para media talega de frijol con la cual comer, y no porque no lloviera o la tierra se hubiese contaminado de salitre, no, la carretera también se llevó a los campesinos, ahora estos pedían se les llamara obreros.
Regresando a Fuerte Esperanza. Sus dimensiones no eran extraordinarias, de hecho era una casa normal cuya historia la hacía extraordinaria. Ahí había sido donde don Epitasio Gonzáles, hombre bragado de más de 80 años en ese entonces, defendió heroicamente su patrimonio codiciado por el hacendado de la región el cual consistía en quince totoles, dos marranitos (uno de los cuales era hembra), una vaca lechera y un buey tuerto que a pesar de tan grave defecto era muy bueno manteniendo la recta en la yunta. Don Epitasio, armado con una vieja carabina calibre 22, y un cuartillo de madera lleno de munición, repelió los ataques de los caporales que iban por tributo. Nadie dice que también ayudó el hecho que dichos caporales eran tan viejos y ciegos como don Epitasio, y nadie lo dice pues todos se han ido; si, la carretera.
Al estallar la bola, aquella casa, luego de la sentida muerte del héroe local, fue ocupada por los revolucionarios a modo de fortín y almacén de alimentos.
Como todo Fuerte, el Esperanza también tenia celdas aunque estas fueran simbólicas pues quienes llegaban a ser detenidos eran atados en la argolla donde antes era amarrado el buey tuerto. El Esperanza tenía un prisionero alojado en su interior; su delito fue matar a machetazos a un vecino a causa de un pleito ocasionado por el pulque el cual, según lo declarado por el acusado, estaba muy rebajado con agua y pidió se sentara en el acta que no se arrepentía. En San Teofanio aún no tenían juez así que el jefe de rurales juzgó y sentenció. Sería fusilado al día siguiente.
El pelotón alistó armas nada más cantó el gallo. El acusado, crudo y enrojecido por la buena voluntad del jefe de rurales que los emborracho de aguardiente la noche anterior, se irguió lo más que pudo, se santiguó, se quitó el sombrero de palma y con las manos lo sostuvo a la altura de sus genitales. Recibió la descarga del pelotón, al caer al piso el jefe de rurales le propinó el tiro de gracia tal cual dicta el procedimiento.
Al día siguiente de la ejecución un cansado jinete llegó a San Teofanio, empolvado de camino, con cara de pocos amigos preguntó a un niño sin calzones, y con costras de mocos en la cara, por la municipalidad, este al no saber que significaba municipalidad señalo al Fuerte Esperanza. El jinete dio tregua a la pobre bestia, desmontó y camino. Con la palma de la mano azotó el portón hasta que un rural abrió. Pidió ver a la autoridad. El jefe de rurales se presentó ante el jinete mientras se acicalaba su enorme bigote.
-Telegrama del gobierno del estado -dijo el jinete-. Por orden del gobernador todas las tropas irregulares serán desmovilizadas, desarmadas, todo detenido tendrá amnistía y será puesto en libertad.
Enseguida el jinete se marchó por donde vino.
El jefe de rurales alzó los hombros. Fingió leer el telegrama que había recibido pues no sabía leer. Cortó el papel en tiras, forjó un cigarro, lo encendió y dio una honda bocanada.
Ya estaba harto de usar hojas de elote para fumar.




