La carta perdida III
“Aunque no puedo esperar el momento de volverte a ver, de abrazar, de sentir la magnifica y egoísta sensación de tu presencia junto a mi, considero más importante, por lo pronto, esta añoranza por ti y por aquello que constantemente recuerdo cuando estábamos juntos”
Su caligrafía era la de un miembro de la nobleza, trazos ligeros, dominando la tinta sobre el papel de tal forma que esta no buscaba escaparse por la capilaridad de la hoja, como si fuese la obra de una imprenta humana. Sin embargo él no notaba el arte en lo que hacía pues toda su vida escribió así y ahora, en el ocaso de sus días, lo relevante era lo que decía sin importar la forma de hacerlo. Sus sentimientos escritos, destinados para quien seguía siendo su inspiración, absorbían por completo su percepción.
“¿Recuerdas aquella ocasión en que te descubrí cantando? Tú leías quien sabe qué cosa a media luz un libro que sólo a ti, en el mundo entero, te interesaba; o al menos eso aparentabas. Estabas apoyando tu cabeza en una de tus manos, veías las hojas, cantabas una canción. Me quedé en el quicio de la puerta espiándote, mirándote como un perverso testigo que, sin embargo, no tenía la suficiente malicia para irrumpir tal evento”
Volvió a leer lo escrito mientras una sonrisa dibujaba de sus labios adornados por el bigote y barbas que parecían ser de plata.
“Con la edad he aprendido a quererte sin las manos, sólo ha sido necesario dibujarte en las sombras de la noche, en la lluvia cuando cae por la ventana, en la insondable nostalgia de una vela encendida cuando la luz eléctrica lastima mis ojos. Con la edad he aprendido a querer lo mejor de ti. Quizás lamento el no haberlo aprendido antes.”
Esperó que la tinta secara. Enseguida, con el cuidado de un artesano, dobló el papel para luego meterlo dentro de un elegante sobre en el cual escribió el nombre de la destinataria. Humedeció el borde y selló su contenido. Le echó un vistazo para luego guardar la carta en el bolsillo de su abrigo.
La calle era la de siempre, las personas eran las mismas de todos los días. Pasó de largo la oficina de correos sin siquiera mirarla. Más tarde, al llegar a su destino, cansado y un tanto agitado, sacó de su bolsillo la carta y la depositó con toda solemnidad junto a un ramo de flores marchitas que adornaban la descuidada tumba.
Musitó algo para enseguida irse de ahí.




