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	<title>La tumba del pardo &#187; La Primera Plana</title>
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		<title>La primera plana: Capitulo I</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Jan 2010 00:13:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Primera Plana]]></category>

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		<description><![CDATA[El ruido de la lluvia no fue lo que terminó por despertarme; fue la preocupación que el agua comenzará a filtrarse por el techo y por las grietas de la pared que amenazaban con reblandecer y resquebrajar lo poco que quedaba del yeso. Luego de pasar la noche pensando en el mejor título para la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El ruido de la lluvia no fue lo que terminó por despertarme; fue la preocupación que el agua comenzará a filtrarse por el techo y por las grietas de la pared que amenazaban con reblandecer y resquebrajar lo poco que quedaba del yeso.</p>
<p>Luego de pasar la noche pensando en el mejor título para la nota encargada para el medio día de hoy desisto persuadido por el insistente recuerdo sobre las atribuciones del corto editor quien, embebido por un sentido de microadministración que supera su estatura, será el que decida cual será el más adecuado. Aún con todo ello permanezco acostado, mirando al cielo de este cuarto resquebrajado por el descuido de una casera irresponsable, mirando los cables forrados de cochambre que sostienen la voluntad de ese foco de 60 watts.</p>
<p>Este revoltijo de cobijas, con complejos de papel de china, resienten el trabajo, la mugre y la humedad pero temen, al igual que yo, que cuando sean objeto de un ciclo de lavado regular desaparezcan en la confusión de un furioso centrifugado. Busco consuelo recostándome sobre mi lado derecho a la vez que pienso que no puede ser tan malo pernoctar en un avejentado departamento que otrora fue un reluciente hogar, quizás, de una pequeña familia de la clase media de los años setentas. Mi falso pragmatismo me justifica argumentando que sólo yo es quien padece la incomodidad y miseria de este sitio que se sostiene al parecer por mi misma necesidad, y la necesidad de mi arrendadora y vecina, de mantenerlo ocupado con mis huesos por las noches; sin visitas que arriesguen su reputación ingresando al santuario de mis cuitas este puede ser considerado un modesto palacio, adornado de cocineta, recámara y un baño, al alcance de mi bolsillo.</p>
<p>Vivir así no dista mucho de los años de escuela. Sustituyendo lo que cubre a estos resortes vencidos por una tela distinta bien podría encontrarme en uno de los tantos sillones que sostuvieron mis desvelos, y borracheras, cuando la vida se reducía a un horario desobligado de asistencias a clases. Aunque, profundizando en las condiciones de esa vida, caigo ahora en cuenta que las proféticas palabras de mi madre quien me auguraba un radiante futuro lleno de carencias y alimento. &#8220;<em>Te vas a morir de hambre, y sino de la vergüenza</em>&#8220;, decía sin siquiera mirarme. De hambre aún no, pienso al girar ahora hacía mi costado izquierdo, aunque a veces me avergüenzo al verme de pie por horas enteras esperando que un orondo político salga de atiborrarse de caros, deliciosos y aromáticos manjares de un fastuoso restaurante sólo para emitir declaraciones ante la prensa, declaraciones que se han vuelto salmodias comunes y predecibles.</p>
<p>&#8220;<em><strong>El diputado Manriquez niega favoritismo en asignación de presupuesto</strong></em>&#8220;. No es un buen titular. De hecho es un titular que pudo haber creado la abuela del diputado en una tarde de café con sus amigas del asilo. Y será al nieto de esta, el notable y controvertido diputado José Manriquez, a quien debo entrevistar a las once de la mañana en el café La Habana (su sitio favorito para declarar lo bueno que es) sobre su desempeño como presidente de la comisión de salud en la cámara. Pienso que de llegar con un titular ya elaborado mi editor puede ahorrarse el arduo y sesudo trabajo que implica hacer cabeceras desabridas que nadie lee para así mostrar, además, mi proactividad e interés en las artes de los ungidos.<br />
Con insomnio declarado cedo ante la tentación de preparar café. Me levanto y dirijo hacía la estufa no sin antes hacer inventario de los objetos dispersos en el suelo que voy pisando con mis pies desnudos. Otros habitantes que también están activos esta noche pertenecen a esa colonia de cucarachas que viven en la estufa bajo amenaza de extinción a causa de su estupidez que les impide darse cuenta que no podrán seguir más tiempo aquí alimentándose sólo de restos de café y ceniza de cigarro.<br />
Por un momento me parece ver que de aquel trozo de carne envuelta en papel aluminio emergen patas que lo hacen titubear ante mi mirada.</p>
<p><em>[continua]</em></p>
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