Sesión número cuatro
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Hay guerras que se pierden aún cuando no se sabe que se ha participado en ellas. A veces la fotografía de nuestro rostro comienza resquebrajarse de sus márgenes y sólo nos damos cuanta cuando ya el papel es un mosaico fragmentado de ilusiones.
También hay veces que se es un arma cargada, explosiva, hiriente, que mutila, que aplasta los sentidos que se alimentan de la caricias, de la palabra precisa.
Los papeles, las hojas de los libros, el viento que ambienta en paseo sobre las calles calcinadas, la mesa del cenicero vacío, el papalote que vuela con grilletes de manos infantiles, los pasos cuando te acercas y te vas, los todos, los nadas; el brillo de las uñas furtivas, el set eléctrico de la canción universal.
El relámpago del silencio ante la idea que surgió de repente, el luto por el otro silencio, el que anuncia la ausencia. Las penas compartidas, las indignaciones generacionales; el sol que todo lo ve, la inversión en el pasado y el asesinato del futuro. Nada que fueron esquirlas, el resto que fueron enjambre de flores dispersas…
Las guerras internas perdidas, vestidas con un short azul y zapatos negros, infantiles, agujetas desatadas, una silla amarilla y el arma sobre el ropero de un cuarto oscuro. El perdón a destiempo, los daños asimilados como la piel que nos cubre. Y de pronto has superado barreras, has escalado las montañas que no veías por estar a rastras por el suelo, reptando, lamiendo los restos de las rocas.
Era algo natural que perdieras el camino si apenas levantaste la mirada.
El agua que hierve
-No sé, no logro escuchar, además me acabo de quemar la mano con la olla.
Miraba en busca de la cara exterior de su mano, su mirada ceñuda parecía que descifraría en cualquier momento los misterios más profundos de la humanidad, pero no, sólo buscaba el daño causado por el calor.
Él continuaba mirando furtivamente por la ventana, ocultando su rostro con las cortinas mientras trataba de buscar el origen del ruido.
-Pero sí se escucha, ¿No oyes? -respondió un tanto airado ante la indiferencia-. Me parece que vienen para acá. Se oye más cerca.
-Ya llegarán si es que vienen para acá -dijo ella sin siquiera mirarle, seguía pendiente de la estufa y el dejo de flama azulada que anunciaba la próxima ausencia de gas-; el problema es esperar sin hacer nada cuando la inevitabilidad se cierne. Hasta deberías encender la radio, no sé, poner música tal vez.
-¿La radio? ¡Pero si ya no hay nadie!
-Tampoco había nadie ya cuando entramos a esta casa -dijo ella con la misma paciencia de siempre-. Y mira, aquí estamos diciendo pendejadas, nadie nos garantiza que no esté otro loco en la radio anunciando que todo va de maravilla.
Él dejó de increpar. Miró hacia donde estaba ella y sostuvo la vista en la espigada silueta que esperaba el hervor del agua. Se alejó de la ventana, caminó hacia uno de las sillas de la cocina de la casa y dejó caer su peso en ella. Echó su cabeza atrás y cerró sus párpados como quieriendo exprimir de sus ojos el cansancio y algunas lágrimas contenidas por la tensión.
Pero no logra llorar, piensa en lo inútil que sería hacer algo así en un momento como ese. Después de todo, eran afortunados si es que la fortuna se expresaba mantieniendolos vivos, sin comida y en medio de otras adversidades.
Decir que estaban robando era impreciso pues aunque estaban invadiendo una propiedad abandonada lo único que sustraían de ella era agua estancada de un vitrolero y lo que restaba de gas.
Pensaba en esas frugalidades cuando abrió sus ojos para buscarla. Ahora estaba sentada sosteniendo la taza con las dos manos como si quisera atrapar el calor del agua para siempre. Miraba el café soluble preparado, tal vez agradeciéndole su existencia o maldiciendo la falta de opciones. Lo que él en realidad observaba era ese perfil del rostro agachado de ella; su frente, sus cejas, sus párpados que simulaban unos ojos cerrados sin estarlo, su nariz. Por un momento todo dejo de tener movimiento, salvo las ocaciones en que ella sorbía el café y asomaba de su rostro los labios.
Así, así debía ser para siempre.
De pronto, no supo si el ruido regresó o fue él quien lo hizo. Ella dejó su taza y le miró a los ojos para decirle algo que no era necesario pues ambos tenían entendido lo siguiente por hacer.
Se levantaron. Tomaron sus fusiles y salieron por la puerta posterior de la casa mientras el tableteo de la artillería enemiga hacía estragos a unas cuantas calles de distancia.
Cariño: Llego tarde a cenar, voy a matar a Mr Hyde
8:00pm
Ese fue el mensaje que dejo escrito en una nota sobre la mesa del comedor. Era obvio que había regresado a casa hacía un rato y volvió a salir.
“Matar a Mr. Hyde”. Tenía sentido aquello aunque no lo pareciera. Cuando en sus buenos momentos se mostraba como una persona comprensiva, amable, y a veces cariñosa (a su modo) no había forma de creer que dentro de él habitaba una especie de diablillo que castigaba su cerebro con mil y un inexistencias. Era como si su estado natural era carecer de un estado natural. No sé si puedo explicarlo en toda su dimensión pero lo que si tengo por segura es que estoy harta de eso.
¿Cómo no estarlo? Ya no sé cuando un día excelente se tornará en un agrio episodio el cual arrastra a todo lo demás al merecido olvido. Permanecer en un estado de tensión constante no es mi idea de estar en un sitio saludable. Si, me preocupa, por su puesto, sin embargo: ¿Cómo solucionarlo? Un golpe en la cabeza no ayudaría, pero sería un alivio momentáneo para mi.
¿A dónde habrá ido? Las salidas fáciles no son siempre las óptimas y sea cual sea lo que esté haciendo seguramente será una de esas ocasiones en las que de momento todo parece estar bien, arreglado, disponible y con el espacio suficiente para propiciar buenas condiciones y otras cosas. Pero no. No será así, la constante es la inconstancia.
10:32 pm
No regresa. Ni para preocuparse. Recuerdo aquella vez en que se fue para siempre (durante 30 minutos), momento que aproveché para terminar ese libro tan interesante que me ocupaba.
1:42am
Es la hora en el reloj lo primero que veo al despertar. Pensé que al hacerlo estaría ya aquí, o en la cocina calentándose la cena. No creo que sea una buena idea llamar, no tiene caso iniciar una discusión que bien puedo dar inicio aquí mismo.
6:10am
Meto dentro del bolso los documentos del seguro de tal forma que estos terminan siendo una borla de papel de china. Quien llamó avisándome que fuera al hospital no me dejo claro si se trata de él pero las señas que me dio coinciden, además ¿Cómo pudo tener el número de casa? Si, es él y ahora está en un grave problema y no precisamente de salud.
7:24am
Me dicen que ya puedo pasar a verlo, antes me dieron sus cosas que cargaba. Sigue en recuperación. Su camisa manchada de sangre esta endurecida, con olor a calle, smog, cigarro.
En su cartera encuentro otra nota del mismo block donde escribió la anterior:
“Cariño: ojalá puedas ver esto antes que a mi. Lo hice, lo maté.”
Entro en el cuarto y ahí está. La cabeza vendada. Es su rostro pero está tan hinchado que apenas puedo ver sus ojos entre abiertos.
-¡Pero mírate! ¿Qué pasó contigo? -Pregunto, pero es su respuesta lo que me terminó por confirmar que, en efecto, lo mató.
-¿Quién es usted?
Hojas negras
Su mirada era de secreto mientras que su piel era la encarnación del sol que descansaba sobre sus hombros. Cada día, cada mañana, a la misma hora, su mirada de secreto recorría el límite donde el horizonte devenía en el abismo de su espera. La arena absorbía las huellas de sus pasos para luego ser cubiertas con los escombros de un naufragio lejano; ramajes que tal vez, en algún momento, en su total transportaban la buena esperanza.
Eso era el oleaje de cada mañana: el que arrastraba consigo los desastres ocurridos para devolverlos a una costa tapizada de aquello que confirmaba al azar como un absoluto inevitable.
Su falda refugiaba los pliegues entre sus piernas del viento implacable cuando la ventisca iniciaba un diálogo mudo con el húmedo suspiro de aquella boca entreabierta, la cual rezaba una desconocida plegaria de arrebato. Hace tiempo había cambiado la devoción a los santos por una sencilla creencia que había tallado con sus uñas en las rocas del fuerte abandonado que cubría sus espaldas. “Su altar”, decía, su lápida que veneraría mientras no tuviese un cuerpo que enterrar bajo la palma que regaba los dátiles con espléndida obscenidad.
Concluída la comunión entre un mar odiado y su mirada de secreto, regresaba con paso lento por las calles del pueblo por el que circulaba el aroma a madera podrida y a inevitable extinción. Era tiempo de abrir las puertas y ventanas del vetusto tendajón bajo el cual las hojas de té zumbaban como abejas en espera de escapar en forma de aroma. Una infusión para el mareo causado por alcohol, otro más para un dolor en la corva, uno cargado para quitar el dolor en el pecho, otro para evitar los malos sueños en una mente con remordimientos. Cada hoja de té tenía su propia lengua y ella sabía traducir sus dichos a aquellos que pedían alivio a los males inherentes a la carne.
A los pedidos habituales hubo uno nuevo que se hizo escuchar por encima de los achaques de siempre de aquellos marinos: “Para olvidar” dijo la voz que emanaba de una cabeza gacha y con tremenda orfandad capilar.
Ella, al buscar los ojos del solicitante de tan extraña petición, encontró las comisuras mas tristes que había visto en su corta vida; las arrugas en su frente denotaban cuarenta años de agua salada, trabajo duro.
“No hay nada para olvidar” respondió a la vez que estrubaja en sus manos las hojas secas del naranjo que había muerto hacía muchos años en un terruño igualmente lejano. Pero ella entendió que aquello no era un encargo más de los que recibía a diario, era un ofrecimiento que culminaba en las manos de aquél de los ojos enlutados en forma de un ramo de hojas secas, desconocidas, negras como la angustia de la espera.
“Para olvidar” insitió el desconocido que mantenía la vista en el suelo como reverenciando a la libertadora de las pequeñas tragedias humanas. Sin mediar pregunta alguna tomó el ramo para luego ver como aquella mano desaparecía entre la gente; por la ventana pudo ver que el hombre caminaba, siempre agachado, rumbo a la costa.
Si aquellas hojas daban tan envidiable remedio era entonces orden divina el hacerlas desaparecer en el agua hirviendo. El olor era como el de la menta pero causaba cierto escozor del que surgió un sinfín de preguntas de los parroquianos de siempre. Por respuesta: un cuenco con el té de hojas negras para cada uno.
Las quejas cesaron. No más dolor, no más aflicciones pasajeras ni malos sueños por pecados cometidos. De uno en uno salieron en silencio con la vista perdida en los rastros de arena sobre el suelo, con paso tranquilo, pero firme, se perdieron.
No quedó nadie más que ella y los restos suficientes para un cuenco de la infusión. “¿Qué será del mar si le olvidamos?”, se preguntó en un susurro y de inmediato recordó su altar en la costa y de las olas que todo se lleva, menos las maldiciones.
Aunque con olor a menta el sabor del té era nulo, simple agua caliente. Sintió sueño y una profunda melancolía que sin embargo no causaba dolor. Su cabeza le pesaba y miró al suelo y sin pensar en ello comenzó a caminar rumbo a la costa. Sus pies desnudos no sintieron la textura abrasante de la arena ni la brisa que humedecía su rostro y sus labios resecos.
Al llegar a la costa pudo ver que el mar se había ido y que su lugar lo ocupaba un infinito desierto del que brotaban dunas sobre las que descansaban viejos navíos incluso de épocas perdidas. Entonces pudo ver la vieja barca que por nombre llevaba “La Hoja Negra”, y en su cubierta el cuerpo insepulto, pues estaba vivo, de aquél que había caído hace tanto tiempo a ese abismo interminable.
Sin dudar caminó en busca de su encuentro el cual no pudo ser presenciado por nadie más pues el mar cubría ahora a todos aquellos que olvidaron.
De lo difícil…
No fue difícil encontrarte. Gritabas consignas a contraviento;
tu voz era la única sin escucharse.
Tampoco fue difícil verte. Mirabas al sol
cuando el resto examinaba los granos de la arena
La realidad vista desde un starbucks
Una persona toma café a sorbos, cortos y escandalosos. Alguien más deja enfriar su taza de té sin que le preocupe la pérdida de sabor. Alguien más, ensimismado en el quehacer ajeno, no logra concentrar su actividad. Uno más peleando un espacio inexistente en la mesa que su computadora ocupa a plenitud. Un centímetro más y su vaso de cartón tendrá por fin una base estable.
Los altos ventanales seccionados por columnas de aluminio cada dos metros dan la impresión de ser una jaula donde una parvada de canarios amaestrados esperan que llueva alpiste fuera, en la calle, para salir al fin.
La música ambiental, ejecutada por algún mediano jazzista que quizás terminó sus días en un asilo de artistas, insiste en en reverberar al interior de un sueño malhabido que despierta al intenso y quemado sabor a café de tercera. Es posible que ni en un cine se logre tal silencio e indiferencia por el otro en un sitio como este aunque las excepciones son siempre molestas, inadvertidas, cursis y ridículas.
Un cuaderno de notas
Hay mucho material que se ha quedado a la postre en la fila de lecturas, saboreando al borde de la mezquindad “Cuentos policiacos latinoamericanos” pero determinado a terminarlo pronto que ya he comenzado una novelita que pinta muy interesante pues cuenta con: un trabajo en silicon valley, intriga y todos los ingredientes perfectos para el drama.
Los días próximos serán igualmente interesantes. Nuevos proyectos, retos con otras variantes, cosas buenas en general que tensan y emocionan. Desconozco si existe la expresión “escribir de nervios”. Pero bueno, algo así pasa.
Y para paliar esos nervios nada mejor que escribir sobre un moleskine
chulada de artifundios. Nunca mi fea letra, mis horrendos trazos, se han visto agraciados por la finura de un insignificante cuadernito. cuando logré hacer algo así será un gran día.
Tengo algunos rollos para mi cámara análoga que promete buenas cosas.
La foto de abajo corresponde a una clase de pintura (de la cual no soy partícipe). Impresionante por demás.

¿Dónde están las llaves?
Siempre era lo mismo. La mañana y su cielo azul se vieron contaminadas con la grisácea nube de la malidicencias, empujones y reproches por ubicar las llaves.
Debajo de la cama, encima del ropero, dentro del abrigo, abajo de la mesa. Entre más se acercaba la aguja indicando las ocho de la mañana más en lo profundo del misterio se hundían las otrora tintineantes.
El trato inicial era dejarlas donde correspondían, en el pequeño perchero diseñado para ese propósito; el primer y único inciso de esa reglamentación era que: en caso de que las llaves no ocupasen su lugar correspondiente y de no estar siendo usadas, el último que les haya dado uso respondería por su paredero.
Ante la innegable sabiduría salomónica del edicto hogareño sólo se podía esperar la anárquica ruptura del pacto establecido a la menor oportunidad.
-Por estar poniéndote atención con tus cosas no recuerdo si yo las usé anoche. -dijo ella al momento en que decoraba sus ojos con la complicidad de un rímel innecesario pero condescenciente.
-¿Mis cosas? ¡Mas bien yo con las tuyas! Deben estar por aquí -dijo él mientras revolvía un montón de periódicos que nunca se leyeron-, anoche las dejé aquí al regresar de la tienda y ya no están.
-Cómo siempre… -dijo ella más para sí pero con el volumen adecuado para transmitir el mensaje.
-Si, si, como siempre. No veo que tu hagas nada, sigues ahí frente al espejo; te tengo noticias, las llaves no están debajo de todo ese maquillaje.
Como un par de cervatillos que presintieran el inicio de un terremoto, dejaron que su quietud invadiera de silencio lo que hacía unos momentos era caos. Él, arrepentido ipso facto, comenzó a montar una obra increíble en la que el personaje principal buscaba un cubo de hielo en el desierto mientras una tormenta de arena a sus espaldas comenzaba a tomar una fuerza incontenible.
Pero el sonido a su espalda era el cierre de las tapitas de algún cosmético, luego el cierre de un bolso que parecía encerrar un cadáver, y el andar de unos tacones que asemejaban al martilleo con el que se estilaba cerrar los féretros.
Él seguía en el segundo acto de la obra; esconderse en la recámara, removiendo lo que a sus ojos eran sábanas pero que en su mente no era más que su estupidez.
A lo lejos escuchó el inequivoco tañer de las campanas para ese llamado a misa nombrado: “¡qué bueno que las hallaste!”. Sin embargo detuvo en seco su carrera en busca de la salvación filial cuando vió los últimos instantes en que la puerta era cerrada por fuera y asegurada fuertemente con llave.

Esta vida no tiene risas grabadas
Desde aquella vez en que en Natural Born Killers, en las escena en que Juliet Louis es acosada por por su padre y al fondo se escucha el eco de las risas como si este fuese un sitcom, no me he quitado la impresión de que algo o alguien se ríe ante las gracejadas de nuestros tropiezos.
Que sí son graciosos, claro, si estuviesemos en zapatos ajenos.
Pero no.

Voyeour
Refugiado en el rincón del sillón, mis ojos atentos por encima de la máscara de un libro abierto trataban de ubicar en la pared el origen del escándalo metálico que anunciaba el vencimiento de la garantía de los resortes de esa cama tan vieja como sus ocupantes.
El repentino silencio me hizo pensar dos cosas igual de plausibles que la impotencia de no ver a través de las paredes: que alguno de esos corazones había dejado de funcionar o que aquellos estaban atentos al pervertido silencio de un vecino habitualmente ruidoso.
El corazón de Conrad salió de las tinieblas para verse envuelto en una nube de efluvios ácidos que amenazaban con borrar su foto de la cubierta de el libro. Enmudeció al igual que yo, las letras se disolvían cómo la lluvia negra de unos ojos atormentados de pasado.





