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	<title>La tumba del pardo</title>
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		<title>Sesión número cuatro</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Sep 2010 20:57:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Te doy una canción Hay guerras que se pierden aún cuando no se sabe que se ha participado en ellas. A veces la fotografía de nuestro rostro comienza resquebrajarse de sus márgenes y sólo nos damos cuanta cuando ya el papel es un mosaico fragmentado de ilusiones. También hay veces que se es un arma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://morfo.elchahuistle.net/wp-content/uploads/2010/09/Te-doy-una-cancin...Silvio-a-la-carta.mp3">Te doy una canción</a><br />
Hay guerras que se pierden aún cuando no se sabe que se ha participado en ellas. A veces la fotografía de nuestro rostro comienza resquebrajarse de sus márgenes y sólo nos damos cuanta cuando ya el papel es un mosaico fragmentado de ilusiones.<br />
También hay veces que se es un arma cargada, explosiva, hiriente, que mutila, que aplasta los sentidos que se alimentan de la caricias, de la palabra precisa. </p>
<p>Los papeles, las hojas de los libros, el viento que ambienta en paseo sobre las calles calcinadas, la mesa del cenicero vacío, el papalote que vuela con grilletes de manos infantiles, los pasos cuando te acercas y te vas, los todos, los nadas; el brillo de las uñas furtivas, el set eléctrico de la canción universal.<br />
El relámpago del silencio ante la idea que surgió de repente, el luto por el otro silencio, el que anuncia la ausencia. Las penas compartidas, las indignaciones generacionales; el sol que todo lo ve, la inversión en el pasado y el asesinato del futuro. Nada que fueron esquirlas, el resto que fueron enjambre de flores dispersas&#8230;<br />
Las guerras internas perdidas, vestidas con un short azul y zapatos negros, infantiles, agujetas desatadas, una silla amarilla y el arma sobre el ropero de un cuarto oscuro. El perdón a destiempo, los daños asimilados como la piel que nos cubre. Y de pronto has superado barreras, has escalado las montañas que no veías por estar a rastras por el suelo, reptando, lamiendo los restos de las rocas.<br />
Era algo natural que perdieras el camino si apenas levantaste la mirada.</p>
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		<title>Carambola y remendos</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Sep 2010 01:25:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pardeadas]]></category>

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		<description><![CDATA[(o cómo mutilar la física con comparaciones simplistas) Leyendo La Jornada de súbito me encuentro formulando preguntas que encajan en categorías desconocidas para el conocimiento humano. Bien, es cierto que han sido las leyes de la física lo que nos ha puesto en el lugar que hoy ocupamos, no hay duda sobre ello y a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(<em>o cómo mutilar la física con comparaciones simplistas</em>)</p>
<p>Leyendo La Jornada de súbito me encuentro formulando preguntas que encajan en categorías desconocidas para el conocimiento humano. </p>
<p>Bien, es cierto que han sido las leyes de la física lo que nos ha puesto en el lugar que hoy ocupamos, no hay duda sobre ello y a tono por el héroe del día, Hawking; pero no dejan de ser odiosas algunas consecuencias de la física que cualquier profano puede tachar como auténticas maldiciones. </p>
<p>En Tamaulipas mueren setenta y dos personas a manos de un grupo de asesinos, los restos mortales de estos son trasladados a la capital del país (pues nuestro centralismo al parecer abarca hasta en las artes de la necrofilia) y en el proceso el vehículo pesado rentado para tan penosa labor causa heridas a una joven de veinte años al grado de amputarle una de sus piernas.<br />
No dejo de pensar en la teoría del caos de un modo que me da náusea; ya no es la mariposa que bate sus alas en China la protagonista, el nuevo postulado que lo ejemplifica es: Un asesino a sueldo que acciona su arma en Tamaulipas causa la pérdida de una pierna a una joven en el D.F.<br />
La teoría del caos a la mexicana. </p>
<p>Algo más absurdo que eso se antoja difícil de superar. Aunque somos campeones naturales en el deporte de hacer el ridículo, quizás sea cosa de actitud; ya bien dicen que entre mas se esfuerza uno por no parecer se termina siendo. </p>
<p>A veces tengo la impresión de eterna precariedad de esa fotografía de la realidad mexicana, como si de alguna forma todo lo que en la actualidad se hace no es más que para remendar un viejo traje que ya ni luce ni cubre; el ejército ya no ostenta sus poderosos hummers artillados, ahora son pick ups Ram de color verde olivo opaco con un poste para montar la calibre 55 los que los sustituyen. Penoso. Supongo que los hummers ya no quedan igual luego de tanto balazo (hasta los maestros hojalateros tienen un límite en sus habilidades) y por eso recurren a esas flacas camionetas que no son pieza ante las Lincoln blindadas de los malos de malolandia. Pero a falta de dinero, remedios. </p>
<p>El tren ya casi arriba a la estación y mi periódico aún tiene noticias &#8220;jocosas&#8221; que ofrecer pero no sé si esa punzada en el estómago me permita gustar de estas sutiles gracejadas del fenómeno acción-reacción. </p>
<p>Hawking tiene razón pero eso no implica que sea del todo agradable. </p>
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		<title>El agua que hierve</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 18:42:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>

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		<description><![CDATA[-No sé, no logro escuchar, además me acabo de quemar la mano con la olla. Miraba en busca de la cara exterior de su mano, su mirada ceñuda parecía que descifraría en cualquier momento los misterios más profundos de la humanidad, pero no, sólo buscaba el daño causado por el calor. Él continuaba mirando furtivamente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>-No sé, no logro escuchar, además me acabo de quemar la mano con la olla.</p>
<p>Miraba en busca de la cara exterior de su mano, su mirada ceñuda parecía que descifraría en cualquier momento los misterios más profundos de la humanidad, pero no, sólo buscaba el daño causado por el calor.<br />
Él continuaba mirando furtivamente por la ventana, ocultando su rostro con las cortinas mientras trataba de buscar el origen del ruido.</p>
<p>-Pero sí se escucha, ¿No oyes? -respondió un tanto airado ante la indiferencia-. Me parece que vienen para acá. Se oye más cerca.</p>
<p>-Ya llegarán si es que vienen para acá -dijo ella sin siquiera mirarle, seguía pendiente de la estufa y el dejo de flama azulada que anunciaba la próxima ausencia de gas-; el problema es esperar sin hacer nada cuando la inevitabilidad se cierne. Hasta deberías encender la radio, no sé, poner música tal vez.</p>
<p>-¿La radio? ¡Pero si ya no hay nadie!</p>
<p>-Tampoco había nadie ya cuando entramos a esta casa -dijo ella con la misma paciencia de siempre-. Y mira, aquí estamos diciendo pendejadas, nadie nos garantiza que no esté otro loco en la radio anunciando que todo va de maravilla.</p>
<p>Él dejó de increpar. Miró hacia donde estaba ella y sostuvo la vista en la espigada silueta que esperaba el hervor del agua. Se alejó de la ventana, caminó hacia uno de las sillas de la cocina de la casa y dejó caer su peso en ella. Echó su cabeza atrás y cerró sus párpados como quieriendo exprimir de sus ojos el cansancio y algunas lágrimas contenidas por la tensión.<br />
Pero no logra llorar, piensa en lo inútil que sería hacer algo así en un momento como ese. Después de todo, eran afortunados si es que la fortuna se expresaba mantieniendolos vivos, sin comida y en medio de otras adversidades.<br />
Decir que estaban robando era impreciso pues aunque estaban invadiendo una propiedad abandonada lo único que sustraían de ella era agua estancada de un vitrolero y lo que restaba de gas.<br />
Pensaba en esas frugalidades cuando abrió sus ojos para buscarla. Ahora estaba sentada sosteniendo la taza con las dos manos como si quisera atrapar el calor del agua para siempre. Miraba el café soluble preparado, tal vez agradeciéndole su existencia o maldiciendo la falta de opciones. Lo que él en realidad observaba era ese perfil del rostro agachado de ella; su frente, sus cejas, sus párpados que simulaban unos ojos cerrados sin estarlo, su nariz. Por un momento todo dejo de tener movimiento, salvo las ocaciones en que ella sorbía el café y asomaba de su rostro los labios.<br />
Así, así debía ser para siempre.</p>
<p>De pronto, no supo si el ruido regresó o fue él quien lo hizo. Ella dejó su taza y le miró a los ojos para decirle algo que no era necesario pues ambos tenían entendido lo siguiente por hacer.</p>
<p>Se levantaron. Tomaron sus fusiles y salieron por la puerta posterior de la casa mientras el tableteo de la artillería enemiga hacía estragos a unas cuantas calles de distancia.</p>
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		<title>Cariño: Llego tarde a cenar, voy a matar a Mr Hyde</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Aug 2010 03:46:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[8:00pm Ese fue el mensaje que dejo escrito en una nota sobre la mesa del comedor. Era obvio que había regresado a casa hacía un rato y volvió a salir. &#8220;Matar a Mr. Hyde&#8221;. Tenía sentido aquello aunque no lo pareciera. Cuando en sus buenos momentos se mostraba como una persona comprensiva, amable, y a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>8:00pm</strong><br />
Ese fue el mensaje que dejo escrito en una nota sobre la mesa del comedor. Era obvio que había regresado a casa hacía un rato y volvió a salir.</p>
<p>&#8220;Matar a Mr. Hyde&#8221;. Tenía sentido aquello aunque no lo pareciera. Cuando en sus buenos momentos se mostraba como una persona comprensiva, amable, y a veces cariñosa (<em>a su modo</em>) no había forma de creer que dentro de él habitaba una especie de diablillo que castigaba su cerebro con mil y un inexistencias. Era como si su estado natural era carecer de un estado natural. No sé si puedo explicarlo en toda su dimensión pero lo que si tengo por segura es que estoy harta de eso.</p>
<p>¿Cómo no estarlo? Ya no sé cuando un día excelente se tornará en un agrio episodio el cual arrastra a todo lo demás al merecido olvido. Permanecer en un estado de tensión constante no es mi idea de estar en un sitio saludable. Si, me preocupa, por su puesto, sin embargo: ¿Cómo solucionarlo? Un golpe en la cabeza no ayudaría, pero sería un alivio momentáneo para mi.</p>
<p>¿A dónde habrá ido? Las salidas fáciles no son siempre las óptimas y sea cual sea lo que esté haciendo seguramente será una de esas ocasiones en las que de momento todo parece estar bien, arreglado, disponible y con el espacio suficiente para propiciar buenas condiciones y otras cosas. Pero no. No será así, la constante es la inconstancia.</p>
<p><strong>10:32 pm</strong></p>
<p>No regresa. Ni para preocuparse. Recuerdo aquella vez en que se fue para siempre (<em>durante 30 minutos</em>), momento que aproveché para terminar ese libro tan interesante que me ocupaba.</p>
<p><strong>1:42am</strong><br />
Es la hora en el reloj lo primero que veo al despertar. Pensé que al hacerlo estaría ya aquí, o en la cocina calentándose la cena. No creo que sea una buena idea llamar, no tiene caso iniciar una discusión que bien puedo dar inicio aquí mismo.</p>
<p><strong>6:10am</strong><br />
Meto dentro del bolso los documentos del seguro de tal forma que estos terminan siendo una borla de papel de china. Quien llamó avisándome que fuera al hospital no me dejo claro si se trata de él pero las señas que me dio coinciden, además ¿Cómo pudo tener el número de casa? Si, es él y ahora está en un grave problema y no precisamente de salud.</p>
<p><strong>7:24am</strong><br />
Me dicen que ya puedo pasar a verlo, antes me dieron sus cosas que cargaba. Sigue en recuperación. Su camisa manchada de sangre esta endurecida, con olor a calle, smog, cigarro.<br />
En su cartera encuentro otra nota del mismo block donde escribió la anterior:<br />
&#8220;Cariño: ojalá puedas ver esto antes que a mi. Lo hice, lo maté.&#8221;</p>
<p>Entro en el cuarto y ahí está. La cabeza vendada. Es su rostro pero está tan hinchado que apenas puedo ver sus ojos entre abiertos.</p>
<p>-¡Pero mírate! ¿Qué pasó contigo? -Pregunto, pero es su respuesta lo que me terminó por confirmar que, en efecto, lo mató.</p>
<p>-¿Quién es usted?</p>
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		<title>Iphone 4&#8230; por dentro</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jun 2010 23:02:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Iphone]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuanto ocio por ir a japón, comprar un Iphone antes que nadie para luego destriparlo. Fuente: Ifixit]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuanto ocio por ir a japón, comprar un <strong>Iphone</strong> antes que nadie para luego destriparlo.</p>
<p><img src="http://morfo.elchahuistle.net/wp-content/uploads/2010/06/4LvvhPsqKcwvkRE5.medium.jpeg" alt="" title="4LvvhPsqKcwvkRE5.medium" width="592" height="443" class="aligncenter size-full wp-image-106" /><br />
Fuente: <a href=" http://www.ifixit.com/Teardown/iPhone-4-Teardown/3130/1" target="_blank">Ifixit</a></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Óleo de nubes</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jun 2010 05:16:58 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[óleo]]></category>
		<category><![CDATA[pintura]]></category>

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		<description><![CDATA[]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/24469470@N05/4726122669/sizes/m/"><img class="aligncenter" title="Óleo de nubes" src="http://farm2.static.flickr.com/1338/4726122669_c9146b780a.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
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		<title>Post Pambolero: A nadie le gustan los aguafiestas</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jun 2010 16:51:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Seamos honestos, a nadie nos gustan los aguafiestas y carecemos de ser magnánimos en el triunfo mientras que a derrota no es más que el pretexto para lindar responsabilidades muy alejadas de nosotros. No soy una persona de aficiones deportivas, al menos no en los deportes que mueven a las mayorías. El beisbol en México [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_100" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-100" title="Pambol" src="http://morfo.elchahuistle.net/wp-content/uploads/2010/06/Captura-de-pantalla-2010-06-22-a-las-14.27.17-300x297.png" alt="Pambol" width="300" height="297" /><p class="wp-caption-text">Pambol</p></div>
<p>Seamos honestos, a nadie nos gustan los aguafiestas y carecemos de ser magnánimos en el triunfo mientras que a derrota no es más que el pretexto para lindar responsabilidades muy alejadas de nosotros.</p>
<p>No soy una persona de aficiones deportivas, al menos no en los deportes que mueven a las mayorías. El beisbol en México no es tan popular como el fútbol pero mi afición a este juego no sobrepasa la anécdota o a veces me basta con informarme de un marcador sin necesidad de seguir un partido de cerca.</p>
<p>La cosa que despierta mi interés (<em>y a veces mi inevitable burla</em>) es el cambio de facetas del hincha mexicano el cual se despoja en halagos cuando su escuadra aplasta al contrario pero, en caso de perder, busca linchar en leña verde a los responsables del fracaso.</p>
<p>Supongo que esto también es parte del juego que desempeña la afición: <span style="color: #993300;">el presionar mediante el chantaje emocional y la doble-cara</span>.</p>
<p>Luego de ciertos <a href="http://twitter.com/Morf0/status/16781491867" target="_blank">comentarios</a> vertidos en Twitter sobre <a href="http://twitter.com/Morf0/status/16781334681" target="_blank">la acitud del hincha mexicano</a> ante la derrota <a href="http://twitter.com/RoMeyemberg/status/16781585011" target="_blank">recibí</a> <a href="http://twitter.com/Carbentois/status/16781545141">algunos</a> <a href="http://twitter.com/laalbertana/status/16782603729" target="_blank">cometarios</a> a favor (<em>de mi criterio</em>) y otros <a href="http://twitter.com/incitatus53/status/16781772790" target="_blank">totalmente en contra</a>. Lo cierto es que no hay verdades absolutas. Yo no creo tener la razón pues estoy en un lado del espejo el cual es inexplorado por el aficionado al fútbol, también es a la inversa.<br />
La cosa, a veces, es nomás de aguantar vara en el triunfo y en la derrota.</p>
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		<title>Del fut y cosas pardas</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Jun 2010 19:47:41 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[En días pasados tuvo lugar una serie de críticas originadas por mi acérrimo repudio al futbol nacional e internacional. El lugar fue Twitter y los comentarios que me llegaron iban de lo venenoso a los amenazante. En ambos casos comprensible debido al nivel de dependencia que muchos aficionados al juego llegan a manifestar, confundiendo muchas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En días pasados tuvo lugar una serie de críticas originadas por mi acérrimo repudio al futbol nacional e internacional. El lugar fue <a href="http://twitter.com/Morf0" target="_blank">Twitter</a> y los comentarios que me llegaron iban de lo venenoso a los amenazante. En ambos casos comprensible debido al nivel de dependencia que muchos aficionados al juego llegan a manifestar, confundiendo muchas de las veces esa afición con &#8220;nacionalismo&#8221; e, incluso, &#8220;patriotismo&#8221;.<br />
Es evidente que se trata de un espectáculo diseñado para obtener ganancias millonarias que sólo las televisoras y la FIFA obtienen mediante contratos multimillonarios de publicidad.<br />
Lejos de ese aspecto económico, el cual no se sustenta sino es con un público eufórico y ávido de un sentido de pertenencia a la masa; es curiosa que la necesidad de esperanza sea fundamentada en un juego que poco o nada tiene que ver con la sociedad a la que dice estar destinado entretener.</p>
<p>El debate siempre ha estado ahí pero cuando tratamos a los íconos deportivos del mexicano con la ligereza que merecen, la ofensa manifiesta puede ser tal que sólo se equipara con una blasfemia a la guadalupana o a la santa madre de cada uno de estos abnegados mexicanos.</p>
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		<title>Hojas negras</title>
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		<pubDate>Thu, 06 May 2010 16:59:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Su mirada era de secreto mientras que su piel era la encarnación del sol que descansaba sobre sus hombros. Cada día, cada mañana, a la misma hora, su mirada de secreto recorría el límite donde el horizonte devenía en el abismo de su espera. La arena absorbía las huellas de sus pasos para luego ser [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Su mirada era de secreto mientras que su piel era la encarnación del sol que descansaba sobre sus hombros. Cada día, cada mañana, a la misma hora, su mirada de secreto recorría el límite donde el horizonte devenía en el abismo de su espera. La arena absorbía las huellas de sus pasos para luego ser cubiertas con los escombros de un naufragio lejano; ramajes que tal vez, en algún momento, en su total transportaban la buena esperanza.<br />
Eso era el oleaje de cada mañana: el que arrastraba consigo los desastres ocurridos para devolverlos a una costa tapizada de aquello que confirmaba al azar como un absoluto inevitable.</p>
<p>Su falda refugiaba los pliegues entre sus piernas del viento implacable cuando la ventisca iniciaba un diálogo mudo con el húmedo suspiro de aquella boca entreabierta, la cual rezaba una desconocida plegaria de arrebato. Hace tiempo había cambiado la devoción a los santos por una sencilla creencia que había tallado con sus uñas en las rocas del fuerte abandonado que cubría sus espaldas. &#8220;Su altar&#8221;, decía, su lápida que veneraría mientras no tuviese un cuerpo que enterrar bajo la palma que regaba los dátiles con espléndida obscenidad.</p>
<p>Concluída la comunión entre un mar odiado y su mirada de secreto, regresaba con paso lento por las calles del pueblo por el que circulaba el aroma a madera podrida y a inevitable extinción. Era tiempo de abrir las puertas y ventanas del vetusto tendajón bajo el cual las hojas de té zumbaban como abejas en espera de escapar en forma de aroma. Una infusión para el mareo causado por alcohol, otro más para un dolor en la corva, uno cargado para quitar el dolor en el pecho, otro para evitar los malos sueños en una mente con remordimientos. Cada hoja de té tenía su propia lengua y ella sabía traducir sus dichos a aquellos que pedían alivio a los males inherentes a la carne.<br />
A los pedidos habituales hubo uno nuevo que se hizo escuchar por encima de los achaques de siempre de aquellos marinos: &#8220;Para olvidar&#8221; dijo la voz que emanaba de una cabeza gacha y con tremenda orfandad capilar.<br />
Ella, al buscar los ojos del solicitante de tan extraña petición, encontró las comisuras mas tristes que había visto en su corta vida; las arrugas en su frente denotaban cuarenta años de agua salada, trabajo duro.<br />
&#8220;No hay nada para olvidar&#8221; respondió a la vez que estrubaja en sus manos las hojas secas del naranjo que había muerto hacía muchos años en un terruño igualmente lejano. Pero ella entendió que aquello no era un encargo más de los que recibía a diario, era un ofrecimiento que culminaba en las manos de aquél de los ojos enlutados en forma de un ramo de hojas secas, desconocidas, negras como la angustia de la espera.</p>
<p>&#8220;Para olvidar&#8221; insitió el desconocido que mantenía la vista en el suelo como reverenciando a la libertadora de las pequeñas tragedias humanas. Sin mediar pregunta alguna tomó el ramo para luego ver como aquella mano desaparecía entre la gente; por la ventana pudo ver que el hombre caminaba, siempre agachado, rumbo a la costa.</p>
<p>Si aquellas hojas daban tan envidiable remedio era entonces orden divina el hacerlas desaparecer en el agua hirviendo. El olor era como el de la menta pero causaba cierto escozor del que surgió un sinfín de preguntas de los parroquianos de siempre. Por respuesta: un cuenco con el té de hojas negras para cada uno.</p>
<p>Las quejas cesaron. No más dolor, no más aflicciones pasajeras ni malos sueños por pecados cometidos. De uno en uno salieron en silencio con la vista perdida en los rastros de arena sobre el suelo, con paso tranquilo, pero firme, se perdieron.</p>
<p>No quedó nadie más que ella y los restos suficientes para un cuenco de la infusión. &#8220;¿Qué será del mar si le olvidamos?&#8221;, se preguntó en un susurro y de inmediato recordó su altar en la costa y de las olas que todo se lleva, menos las maldiciones.</p>
<p>Aunque con olor a menta el sabor del té era nulo, simple agua caliente. Sintió sueño y una profunda melancolía que sin embargo no causaba dolor. Su cabeza le pesaba y miró al suelo y sin pensar en ello comenzó a caminar rumbo a la costa. Sus pies desnudos no sintieron la textura abrasante de la arena ni la brisa que humedecía su rostro y sus labios resecos.<br />
Al llegar a la costa pudo ver que el mar se había ido y que su lugar lo ocupaba un infinito desierto del que brotaban dunas sobre las que descansaban viejos navíos incluso de épocas perdidas. Entonces pudo ver la vieja barca que por nombre llevaba &#8220;La Hoja Negra&#8221;, y en su cubierta el cuerpo insepulto, pues estaba vivo, de aquél que había caído hace tanto tiempo a ese abismo interminable.</p>
<p>Sin dudar caminó en busca de su encuentro el cual no pudo ser presenciado por nadie más pues el mar cubría ahora a todos aquellos que olvidaron.</p>
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		<title>Antes con el hambre bastaba</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Feb 2010 04:20:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morfo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pardeadas]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Cómo cambian las cosas, cómo cambia uno&#8221; pensó Humberto cuando arrastraba hacia el interior del vagón del metro el pesado costal que contenía una semana de miseria por trabajar en la esperanza en forma de cartón. Salvando con un esfuerzo extra el desnivel del andén y los pies de los viajantes que miraban a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;<em>Cómo cambian las cosas, cómo cambia uno</em>&#8221; pensó Humberto cuando arrastraba hacia el interior del vagón del metro el pesado costal que contenía una semana de miseria por trabajar en la esperanza en forma de cartón. Salvando con un esfuerzo extra el desnivel del andén y los pies de los viajantes que miraban a la nada a la vez que la alarma sonora daba aviso que el tren estaba próximo a cerrar la posibilidad de ahorrar unos minutos, Humberto logro hacerse de un sitio donde no estorbar ni ser el blanco de la mirada de nadie. Regresó a sus cavilaciones justo en el momento en que el bamboleo arrullaba a los más afortunados que se rendían al sopor de un aire viciado de carbón, humores humanos y otros tipos de suciedad. &#8220;<em>Antes bastaba con tener hambre para dejar de pensar en otras angustias, el hambre hacía todo más sencillo</em>&#8220;. Humberto, al igual que los otros que ansiaban llegar con prisa a sus destinos, sentían esa misma ansiedad disfrazada de cansancio, de coraje, de premura, pero al final todo se resumía en un hambre insaciable que acrecentaba al paso de cada estación, a cada voz de merolico que prometía un fatuo bienestar materializado en pomada de veneno de abeja, en rancias alegrías de amaranto que se desmoronaban a cada suspiro de impaciencia.<br />
Dante estaría orgulloso al ver que la desesperanza se encontraba en cada puerta del convoy de un tren anaranjado; los abandonados a esa promesa de bienestar futuro encontraban su purgatorio particular al verse solos a la mitad de una masa humana que pensaba sólo en sí misma, en sus quehaceres, en su día recorrido, en su cansancio mañanero, en su tedio durante el día, en su insistencia en desgastar el reloj de tanto mirarle. Humberto seguía mascullando: &#8220;<em>Antes nada más era cosa de tener hambre para olvidar todo lo demás</em>&#8220;. Miraba el bulto causante del dolor de su brazo derecho; un costal lleno de cartón con el cual fabricaba figuras alusivas a festividades de lo más diversas: quince años, bautizos, cumpleaños, festejos ajenos que encontraban en los cartones de Humberto un detalle visible al receptor. La materialización de los buenos deseos que había que cuidar de la humedad y del negligente doblez accidental. Humberto vió, nada más con ingresar al túnel, que la estación de su descenso esperaba su arribo casi rayando las seis de la tarde. Al abrirse las puerta arrastró nuevamente su bulto antes sorteando la furia desesperada de aquellos que habían dejado la esperanza allá arriba, en los torniquetes.<br />
Entonces siguió otra faceta de su rutina. Con su bulto a cuestas se encamino donde las citas de las almas perdidas en el subsuelo quedan fijadas, debajo del reloj que indica, además de la hora, el eje de equilibrio de las ansias de los que piensan en pares. Dejo su carga, esperó que dieran las seis con diez de la tarde y vio, enseguida, la figura femenina sobre unos zapatos negros que soportaban la pesadez de un día de labores en una tienda de hilos y costuras. Humberto miró hacía el otro andén, ignorando el enorme abismo cargado de electricidad y basura, como el ansia caminaba para posarse, finalmente, debajo del otro reloj, aquel que daba la hora en un mundo que iba en otra dirección.<br />
Pasando cinco minutos Humberto comenzó a levantar su bulto nuevamente a sabiendas que el guión continuaba.<br />
Echo un último vistazo justo en el momento en que su ansia, el objeto de sus desvíos, terminaba siendo acompañada por alguien que desperdició cinco minutos de vida por los que Humberto hubiese dado tanto.<br />
A la estación llegaron ambos trenes sincronizados por la envidia de Humberto. Este acerco sus cansados pies al borde de la línea amarilla que advierte sobre la impudencia de acercarse a un objeto tan veloz. Antes de abordar aspiro con profundidad y siguió pensando: &#8220;<em>Antes bastaba con tener hambre para olvidar lo demás</em>&#8220;.</p>
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