Oración nocturna
El diablo no condena ni incinera
son tus sueños los demonios;
el dios que te ama, te desea
te posee en secreto por las noches.
Libros y los mestizos perfumados
Al salir del caluroso túnel del metro encuentro otro tipo de calor, solar, radiación del concreto y la plancha del zócalo que bulle de pasos cansados e igualmente calientes. Libros a montones, pilas de ellos rodeados por auténticos exploradores. El estudiante que indaga sobre materias no aprendidas, el experto que busca la última publicación de su vaca sagrada, el ama de casa que, con papelito arrugado en mano, pregunta sobre cierto material que le fue pedido a su vástago. El mirón que no sabe que busca o ni siquiera busca, el intelectual con mochila al hombro gesticula a cada título que ya leyó… o eso dice. El extranjero que mira curioso un volumen sobre indios, mole, charros y otros lugares comunes.
¿Yo?, con un poco de todo lo anterior.
Muchos, muchos libros; una vida no alcanza para leer la mitad de ellos, menos si se trata de la peor mitad, si es que hay posibilidad de elegir. Como sea. Olor a café sucedáneo en las incómodas banquitas, al parecer, improvisadas por algún despistado funcionario las que, sin embargo, son ocupadas con ávidamente por los paseantes. El día he ha tornado frío en extremo así que no falta quien toma café, incluso alguien lleva dos jarros (de esos de barro marrón, panzones, con oreja a prueba de torpes) con café humeante y antojable.
Este cartel me llama la atención. Bien podría ser la narcomanta definitiva que describa en su totalidad el significado de “celebrar” un doble centenario bajo las condiciones actuales de violencia e ingobernabilidad. Un cruel gesto de consideración agradecido para muchos quienes esperábamos ver una manifestación cuasi-oficial de repudio al gobierno de facto de Fecal.
Un petimetre llama mi atención al escucharle hablar, por accidente, claro está, sobre la “vacuidad” de la “doctrina” revolucionaria en el presente siglo. Su oyente, una jovencita no muy interesada en lo que escucha, sigue hojeando los poemas de “El cuaderno verde del CHE”; a su vez, el pomposo tipín (elegantemente vestido con un traje impecable en el planchado, cuya camisa blanca impoluta contrasta al 90% con el color de su tez) le sigue explicando (supongo que desinteresadamente) que “el mundo de hoy es más justo que nunca gracias al avance democrático de las instituciones”. Ni más, ni menos. Estoy seguro que en ese momento el dios socialista echó una carretada de gatitos a un río de plomo fundido.
Superado el impacto inicial sentí una profunda soledad ante tal salvajada la cual, parecía, quedaría impune. La respuesta, sin embargo, fue más digna de lo que mi ímpetu criminal pudo haber sido pues la chica, con un ecuánime “Ajá”, desembolsó el importe indicado en el libro, pagó, guardó su copia y con ello un atisbo de esperanza resucitó de la marisma que el tipín había provocado no sólo en mi, sino en los tres o cuatro que escuchamos tal afirmación.
Luego de escuchar por algunos minutos a un grupo de Goth(cuyos cánticos sobre depresión, muerte y oscuridad han de haber despertado al mismísimo Lestat, o mínimo al Vampiro de La Colonia Roma) decido que ya es suficiente la dosis culturosa del día y me encamino a la farsa gregaria del starbucks donde, para variar, también suceden otro tipos de historias. Como la del tipo aquél, de cabello cano pero con expresión jovial, vestido con discreción pero elegante en sus maneras; se la pasa escribiendo en hojas tamaño francés arrancadas de un cuaderno, nunca sobre el cuaderno, antes de escribir desprende una hoja. El desastre de su mesita no se compara con el mío, (yo, siendo un diletante en cuestiones de órden) pues mi charco de café derramado, y la montaña de servilletas húmedas que trataron de contener el derrame, no compiten con el auténtico basurero en que se convierte la mesita que él ocupa.
Por un segundo miro un rostro conocido, pero no es así; sólo una ilusión que me obliga a salir corriendo.
Pequeña crónica sobre cómo murió la ternura
Al querer recordar un buen momento llega en su lugar un golpe, un grito y otras cosas, entonces me impido seguir recordando. No ha sido terrible que me haya dejado en este abandono cuando decidió que lo poco que ganaba fuera directamente a la vinatería, comprar ese aguardiente barato y apestoso se convirtió en una competencia en la cual yo no tenía cabida.
Cuando llegamos a la ciudad teníamos en común la meta de sobrevivir para trabajar y, con un poco de suerte, encontrar la forma de irnos haciendo de nuestras cositas para establecernos aquí.
No fue nada fácil desde el inicio. Nadie quería darnos trabajo y el que conseguíamos era mal pagado, con maltratos y nos ocupaba todo el día. Por las noches ya no hablábamos más que lo necesario antes de irnos a dormir, juntos, eso si, a diferencia de cuando recién llegamos; nos contábamos hasta lo más insignificante que habíamos visto a lo largo del día. La ciudad nos fue consumiendo la vida sin que nos diéramos cuenta.
Cierto día él perdió el trabajo. Ya lo esperábamos pues desde el inicio le dijeron que era cosa temporal, por eso yo estaba haciendo un turno extra en la costura para así tener un pequeño ahorro cuando su dinero dejara de llegar. Seguiría buscando trabajo, me dijo, también dijo que al día siguiente encontraría algo más. Pero no fue así. Toda la semana se le fue en buscar y buscar; rechazo tras rechazo hasta que la desesperación lo alcanzó a medida que el dinero dejaba de alcanzar. Cierta noche ya no quiso cenar y ante eso yo también me negué a hacerlo. El resultado fue que logramos gastar menos, pero también comer menos.
Cuando regresé del trabajo por la noche, no lo encontré en el cuarto que estábamos rentando en la vieja vecindad. De inmediato me preocupé pues no conocíamos a nadie ahí como para que se fuera siquiera a fumar un cigarro. Llegó muy de noche, borracho, arrastrando los pies para luego dejarse caer pesadamente en la cama. Al día siguiente me fui a trabajar después de prepararle algo para almorzar. Al llegar ese día del trabajo nuevamente no estaba y cuando regresó pasó lo mismo que la noche anterior.
Luego, después de varios días repitiendo la rutina llegó borracho pero ahora lo suficientemente consciente para expresar su frustración. Me gritó reproches sobre nuestra situación, se lamentaba, según él, dejarse convencer de mi idea de venir a la ciudad a padecer hambres y humillación. Yo, al no responderle, le irritaba más y más hasta que al dejarle una taza de café frente a él me sujetó de la muñeca con tal fuerza que tuve que ocultar el moretón en el trabajo en los días siguientes.
Luego llego el golpe. Una mañana cuando no teníamos pan para el café él estalló con gritos y groserías que no entendía a causa del miedo de verlo transformado en algo que yo no le conocía. Con el rostro hinchado me fui al trabajo. Al regresar ya no estaba y no regresó más. A veces cuando lo busco llego a encontrarlo perdido de borracho, sucio, orinado, tirado en las afueras de una tienda o sobre el pasto crecido de un parque. No le hablo, me da miedo, me duele verlo.
Aunque trato de no recordarlo, de no pensar en él ni en la desesperanza que invadió todo su ser, sé que sigue aquí conmigo pues, no duele que su vida se vaya en tomar y padecer fríos en las calles, ni duelen ya los golpes y gritos que lanzó sin considerarme, tampoco se siente ya el que haya olvidado que le quería como a nadie más; lo que en verdad duele, más que otra cosa, es la ternura que llegamos a sentir el uno al otro vaya muriendo de hambre, de frío, en medio de una ciudad indiferente.
El segundo frente
Luego de los obligados empujones que anteceden el abordaje a cualquier vagón del metro las personas van tomando lugar, como canicas en un frasco que ha dejado de agitarse. Avecindados en la cortedad de un horizonte delimitado por el aluminio de las ventanas se muestra indiferencia a las palabras de los extraños, pero es cuando a veces la atención se agudiza, alimentada por el morbo.
Una mujer nerviosa que mira repetidamente sobre su hombro, detrás de ella, buscando algo entre la marea de rostros cansados de un viernes como cualquier otro. Mira a quienes van sentados, de pie, recargados sobre una puerta o aferrados al pasamanos. No encuentra lo que busca. El hombre, más relajado y sobrado de sí, mantiene su plática insistente con la misma indiferencia de aquellos que son observados por la mujer. Ambos, de pie, frente a frente, o casi.
-Yo no voy a hacer nada que no quieras -dice el hombre una frase que ha sido repetida por toda la eternidad-, cuando decidas que es el momento yo voy a estar esperando.
Ella sin hacer mucho caso ante esto responde:
-¿Y qué es lo que vas a hacer? -pregunta ella mientras continúa con su búsqueda visual.
-Voy a poner un puesto de tacos mientras consigo chamba. Voy a pedir prestado pero ya sé dónde ponerme.
-Está bien, ¿quien te va a ayudar?
-No sé todavía pero a lo mejor le digo al hermano de esta.
-¿Tu cuñado?
-Si, él.
El ruido del vagón sobre las vías profundiza la dureza del comentario. Insidioso pero dejando el espacio suficiente para una respuesta. Después de todo siguen abrazados. Por un momento la mujer me mira pero no reconoce en mí nada familiar, sólo soy un extraño más que disimula no escuchar nada de aquello.
El hombre se acerca a la mujer, le besa su boca. Ella no se opone, corresponde al gesto con otro más.
-¿Esta chamarra es de él? -pregunta el hombre mientras toma con su manos una de las solapas de la chamarra de mezclilla azul, desgastada por largas horas de servicio.
-Si
-¿Él fuma?
-Si
-Se nota, huele a cigarro.
Llegamos a la terminal. Los que van sentados se ponen de pie. Los que van leyendo cierran sus libros o doblan sus diarios según sea el caso. Los que van escuchando pláticas ajenas comenzamos a enfilarnos hacia las puertas. Los que pretenden no ser descubiertos por ojos indiscretos se deshacen de su abrazo y, lado a lado, pretenden mostrar a quienes están en el anden que ellos no van juntos, que no se hablan ni se conocen.
La cucaracha de oro I
Pitirijas y Chicarcas se encontraban atados a un viejo poste de teléfonos mientras un misterioso personaje trataba de envenenarlos con jitomates y chiles jalapeños rechazados en la frontera por estar contaminados con salmonela.
-¡Híjole Chicarcas! creo que esta vez no la vamos a librar, ¡esos chiles se ven re peligrosos!
-No se meta miedo Pitirijas, estos chiles no son ningún peligro para un estómago curtido como el de uno.
En ese momento Chicarcas dio un mordisco al peligroso vegetal, dio un par de mascadas y escupió a los ojos de su verdugo y con el resto de la baba disolvió las cuerdas que los sujetaban.
El verdugo se retorcía del dolor en el suelo mientras Pitirijas le sometía con el resto de las cuerdas.
-¡Ese Chicarcas! dominaste la situación mejor que felipe cuando lo abuchean.
-Ahi nomás Pitirijas, ahi nomás. Ora! andando que aún nos falta mucho por dar con la Cucaracha de Oro.
Nuestros hégrues se escurrían por los ductos de un edificio en construcción que había quedado a medias en la administración de Salinas. Y en ese momento se usaba como bodega de fayuca y migrantes sudamericanos. Ambos dos perseguían la vieja leyenda de la Cucaracha de Oro la cual se decía fue creada en el centro joyero del centro para ser un regalo de la cúpula priista para Elba Esther por haber salido del hospital de su enésima cirugía. Otros decían que era la muestra de agradecimiento de un potentado que la había mandado hacer para regalársela a Martita por librarlo de una orden de aprehensión. Lo que si sabían era que era real pues se habían robado unas fotos de una casa de un arqueólogo de las lomas que pidió le hicieran un muro y se fueron sin terminarlo luego de haber cobrado un adelanto.
Llegaron a la azotea del edificio y lo que encontraron fue un cartel pintado con un mensaje cifrado que los confundió aún más. El Mensaje era: “Caminad con cautela, y de preferencia pegado a la pared, vigilad vuestro frente y pertenencias y llevad un compañero pues vuestra retaguardia será acosada por emos y gandules“.
-¡Chingoasumadre! -exclamó Chicarcas.
-¿Que pasa maistro?
-Este mensaje no me gusta nada. Si significa lo que yo creo pues tendremos que tener mucho cuidado Pitirijas pues nos lleva a un lugar de perdición donde hay que ser muy hombre para salir medio machito, y es que con tantas tentaciones uno termina perdiendo más que la gallardía.
-No me diga que iremos a…
-Si Pitirijas, tendremos que ir a la Zona Rosa.
Así, abordaron el metro en la estación Salto del Agua y descendieron en Insurgentes, ya para ese momento Pitirijas traía su fleco como emo y Chicarcas estaba siendo ligado por un muchachote bien guapo. La situación era grave y parecía que nunca saldrían de la glorieta bien librados.
Continuará
Con pasos de lobo
Sus manos se agitaban sin control por el frío que invadía las calles de la ciudad; calles grises, mugrosas, inundadas de agua de lluvia y personas con nombre de expresiones.
Pedir dinero era su trabajo, mendigar lo único que había aprendido a hacer a sus doce años de edad. Pero hacerlo cuando la preocupación generalizada era guarecerse de la lluvia aquél se tornaba en un día malo, perdido. El problema no era mojarse sino no tener lo suficiente para comer algo antes de dormir pues el hambre y el sueño nunca se han llevado del todo bien.
Y no era que en los días luminosos las cosas marcharan mucho mejor, simplemente en esos días es más sencillo moverse entre las calles, buscar personas solitarias, aquellas dispuestas a saberse vivas dando un poco de sí a quien lo necesita. Esos son los que dejan más. No las señoras no niños o bolsas de mandado cuya urgencia es irse lo más pronto a sus hogares entre regaños a esos niños gordos con la boca embarrada de quien sabe que tintura de golosinas.
Hoy no es uno de esos días.
Se calza su gorro en la cabeza aunque no sirve de mucho. La tela ya no resiste la humedad y sobre su cabello negro y lacio escurren las gotas filtradas por el tejido que poco a poco se deshace de tanto haberla cubierto en el pasado de lluvia como esta, del granizo ocasional o del frío de las madrugadas cuando a veces despertaba entre sollozos por un mal sueño. Sin embargo ese gorro era su orgullo; su harapiento sentido de belleza. Con él sobre su cabeza sentía refugiar su pequeño rostro de las miradas de soslayo de quienes la miraban mendigar, era su forma de ocultarse a la vista; como las el gris de las ratas, pensaba, al no tener otro referente con el cual comparar su endeble camuflaje.
Nada, ni un centavo. Su mirada cruzó la calle hasta encontrarse con el marco de aquel viejo portón que era sostenido por la voluntad y la lujuria de los clientes en busca del placer pasajero. Las mujeres y sus larguísimas piernas, o aquellas menos altas y menos bellas. Todas con una oportunidad, todas con la misma posibilidad de hacerse de un dinero para cenar y no pasar hambres por la noche. Parecía simple. Quizás…
Por un momento dejó de sentir frío y hambre, sensaciones que dieron cabida a la curiosidad. Imaginaba de cierta forma que clase de negocio era aquél cruzando la calle pero no lo tenía del todo claro. En su forma de entender el mundo los conceptos el “bien” y del “mal” no tenían lugar ya que el sentido de sobrevivencia desplazó todo lo que una sociedad indiferente considera reprobable. Tan sencillo que parecía ingresar a ese mundo que prometía la satisfacción de las necesidades enmarcadas en madera podrida y personas con la mirada turbia.
Cuando el semáforo marco el rojo echó a correr hasta el otro lado de la calle. Estando ahí no supo más que hacer que observar. Una mano masculina bajando sigilosamente en un movimiento que no calificaba de discreto tomando en cuenta las otras miradas furtivas, incluso la suya. Se acomodó su gorro por reflejo, no quería ser sorprendida, su invisibilidad parecía tener efecto ante las risadotas pero también ante las colillas de cigarros que llegaron a caer sobre ella por un fumador atendiendo otros asuntos.
Quería entrar y ver. De espaldas al muro comenzó su lento recorrido para alcanzar el umbral, del interior se respiraba calor, eso le despertó más ansiedad por echar a correr sin importar nada pero contuvo el impulso para no llamar la atención. Un paso más, luego otro corto pero veloz. Otro y otro más.
Antes de lograr su objetivo una manaza le sujetó por su pequeño y flaco brazo con la fuerza suficiente para dejarle un moretón. No gritó ni protestó. Sabía que cometía una falta pero no sabía exactamente cual.
-Qué haces aquí -preguntó el hombre que cubría su cabeza con un sombrero marrón, de facciones cuadradas y la sombra de una barba.
Ella no respondió. Su intención era ahora escapar lo más lejos posible, ir a casa y cobijarse por días enteros. Ya no quería estar ahí.
-¡Ah! Pero si eres tú -dijo el hombre-, no sé porqué te dejan salir de casa y dejarte cerca de este lugar. Vamos, te encamino a tu casa y ya no salgas por hoy. Será una noche muy agitada como puedes ver.
Caminando sobre la calle de adoquines ella fingía mirar al suelo pero de cuando en cuando levantaba el rostro. Él distinguía esa naricilla asomándose del gorro. Entonces dijo.
-No te espantes niña, te llevo con la ingrata de tu abuela, de pasada le llevo una bolsa con pan y un litro de leche. Mira que irresponsable, tú tan bonita y te manda a la calle a mendigar. Pinche vieja.
La pequeña soltó una risilla auténtica por la blasfemia, cubriéndose sus dientes con sus manos. Él, congratulado por su broma, sintió el aura de confianza ganada. Agregó:
-Vamos niña, camina. La lluvia ya nos está ganando y ese gorro rojo que traes puesto no te ayuda en nada.
Nocturna
En un país formado de retazos, de instantes torpes, de brazos atados a la espalda del silencio. En las ruinas de antes y las que hoy se acumulan, ahí se ha cumplido el presagio no buscado, dentro de la necedad de un desvelo.
Aún con todo ese caos, el ruido de los pasos de la multitud transparente, con toda esa luz difusa, deforme; aún con todo este desastre personificado por el paso errante, con esta imperfecta forma de mirar, estas manos que sobran y las horas que se encuentran…
Y es de noche, y te descubro eterna.
Sesión número cuatro
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Hay guerras que se pierden aún cuando no se sabe que se ha participado en ellas. A veces la fotografía de nuestro rostro comienza resquebrajarse de sus márgenes y sólo nos damos cuanta cuando ya el papel es un mosaico fragmentado de ilusiones.
También hay veces que se es un arma cargada, explosiva, hiriente, que mutila, que aplasta los sentidos que se alimentan de la caricias, de la palabra precisa.
Los papeles, las hojas de los libros, el viento que ambienta en paseo sobre las calles calcinadas, la mesa del cenicero vacío, el papalote que vuela con grilletes de manos infantiles, los pasos cuando te acercas y te vas, los todos, los nadas; el brillo de las uñas furtivas, el set eléctrico de la canción universal.
El relámpago del silencio ante la idea que surgió de repente, el luto por el otro silencio, el que anuncia la ausencia. Las penas compartidas, las indignaciones generacionales; el sol que todo lo ve, la inversión en el pasado y el asesinato del futuro. Nada que fueron esquirlas, el resto que fueron enjambre de flores dispersas…
Las guerras internas perdidas, vestidas con un short azul y zapatos negros, infantiles, agujetas desatadas, una silla amarilla y el arma sobre el ropero de un cuarto oscuro. El perdón a destiempo, los daños asimilados como la piel que nos cubre. Y de pronto has superado barreras, has escalado las montañas que no veías por estar a rastras por el suelo, reptando, lamiendo los restos de las rocas.
Era algo natural que perdieras el camino si apenas levantaste la mirada.
Carambola y remendos
(o cómo mutilar la física con comparaciones simplistas)
Leyendo La Jornada de súbito me encuentro formulando preguntas que encajan en categorías desconocidas para el conocimiento humano.
Bien, es cierto que han sido las leyes de la física lo que nos ha puesto en el lugar que hoy ocupamos, no hay duda sobre ello y a tono por el héroe del día, Hawking; pero no dejan de ser odiosas algunas consecuencias de la física que cualquier profano puede tachar como auténticas maldiciones.
En Tamaulipas mueren setenta y dos personas a manos de un grupo de asesinos, los restos mortales de estos son trasladados a la capital del país (pues nuestro centralismo al parecer abarca hasta en las artes de la necrofilia) y en el proceso el vehículo pesado rentado para tan penosa labor causa heridas a una joven de veinte años al grado de amputarle una de sus piernas.
No dejo de pensar en la teoría del caos de un modo que me da náusea; ya no es la mariposa que bate sus alas en China la protagonista, el nuevo postulado que lo ejemplifica es: Un asesino a sueldo que acciona su arma en Tamaulipas causa la pérdida de una pierna a una joven en el D.F.
La teoría del caos a la mexicana.
Algo más absurdo que eso se antoja difícil de superar. Aunque somos campeones naturales en el deporte de hacer el ridículo, quizás sea cosa de actitud; ya bien dicen que entre mas se esfuerza uno por no parecer se termina siendo.
A veces tengo la impresión de eterna precariedad de esa fotografía de la realidad mexicana, como si de alguna forma todo lo que en la actualidad se hace no es más que para remendar un viejo traje que ya ni luce ni cubre; el ejército ya no ostenta sus poderosos hummers artillados, ahora son pick ups Ram de color verde olivo opaco con un poste para montar la calibre 55 los que los sustituyen. Penoso. Supongo que los hummers ya no quedan igual luego de tanto balazo (hasta los maestros hojalateros tienen un límite en sus habilidades) y por eso recurren a esas flacas camionetas que no son pieza ante las Lincoln blindadas de los malos de malolandia. Pero a falta de dinero, remedios.
El tren ya casi arriba a la estación y mi periódico aún tiene noticias “jocosas” que ofrecer pero no sé si esa punzada en el estómago me permita gustar de estas sutiles gracejadas del fenómeno acción-reacción.
Hawking tiene razón pero eso no implica que sea del todo agradable.
El agua que hierve
-No sé, no logro escuchar, además me acabo de quemar la mano con la olla.
Miraba en busca de la cara exterior de su mano, su mirada ceñuda parecía que descifraría en cualquier momento los misterios más profundos de la humanidad, pero no, sólo buscaba el daño causado por el calor.
Él continuaba mirando furtivamente por la ventana, ocultando su rostro con las cortinas mientras trataba de buscar el origen del ruido.
-Pero sí se escucha, ¿No oyes? -respondió un tanto airado ante la indiferencia-. Me parece que vienen para acá. Se oye más cerca.
-Ya llegarán si es que vienen para acá -dijo ella sin siquiera mirarle, seguía pendiente de la estufa y el dejo de flama azulada que anunciaba la próxima ausencia de gas-; el problema es esperar sin hacer nada cuando la inevitabilidad se cierne. Hasta deberías encender la radio, no sé, poner música tal vez.
-¿La radio? ¡Pero si ya no hay nadie!
-Tampoco había nadie ya cuando entramos a esta casa -dijo ella con la misma paciencia de siempre-. Y mira, aquí estamos diciendo pendejadas, nadie nos garantiza que no esté otro loco en la radio anunciando que todo va de maravilla.
Él dejó de increpar. Miró hacia donde estaba ella y sostuvo la vista en la espigada silueta que esperaba el hervor del agua. Se alejó de la ventana, caminó hacia uno de las sillas de la cocina de la casa y dejó caer su peso en ella. Echó su cabeza atrás y cerró sus párpados como quieriendo exprimir de sus ojos el cansancio y algunas lágrimas contenidas por la tensión.
Pero no logra llorar, piensa en lo inútil que sería hacer algo así en un momento como ese. Después de todo, eran afortunados si es que la fortuna se expresaba mantieniendolos vivos, sin comida y en medio de otras adversidades.
Decir que estaban robando era impreciso pues aunque estaban invadiendo una propiedad abandonada lo único que sustraían de ella era agua estancada de un vitrolero y lo que restaba de gas.
Pensaba en esas frugalidades cuando abrió sus ojos para buscarla. Ahora estaba sentada sosteniendo la taza con las dos manos como si quisera atrapar el calor del agua para siempre. Miraba el café soluble preparado, tal vez agradeciéndole su existencia o maldiciendo la falta de opciones. Lo que él en realidad observaba era ese perfil del rostro agachado de ella; su frente, sus cejas, sus párpados que simulaban unos ojos cerrados sin estarlo, su nariz. Por un momento todo dejo de tener movimiento, salvo las ocaciones en que ella sorbía el café y asomaba de su rostro los labios.
Así, así debía ser para siempre.
De pronto, no supo si el ruido regresó o fue él quien lo hizo. Ella dejó su taza y le miró a los ojos para decirle algo que no era necesario pues ambos tenían entendido lo siguiente por hacer.
Se levantaron. Tomaron sus fusiles y salieron por la puerta posterior de la casa mientras el tableteo de la artillería enemiga hacía estragos a unas cuantas calles de distancia.




