La realidad vista desde un starbucks
Una persona toma café a sorbos, cortos y escandalosos. Alguien más deja enfriar su taza de té sin que le preocupe la pérdida de sabor. Alguien más, ensimismado en el quehacer ajeno, no logra concentrar su actividad. Uno más peleando un espacio inexistente en la mesa que su computadora ocupa a plenitud. Un centímetro más y su vaso de cartón tendrá por fin una base estable.
Los altos ventanales seccionados por columnas de aluminio cada dos metros dan la impresión de ser una jaula donde una parvada de canarios amaestrados esperan que llueva alpiste fuera, en la calle, para salir al fin.
La música ambiental, ejecutada por algún mediano jazzista que quizás terminó sus días en un asilo de artistas, insiste en en reverberar al interior de un sueño malhabido que despierta al intenso y quemado sabor a café de tercera. Es posible que ni en un cine se logre tal silencio e indiferencia por el otro en un sitio como este aunque las excepciones son siempre molestas, inadvertidas, cursis y ridículas.
Pandamix :D
Ira nomás que chulada de pandamix ->
Gracias a Clitemnistra por el mix tape
Instantes en una bolsa de café
De aquella vez conservo una bolsa de café, ahora vacía. Es una especie de animista pero sobre objetos a los que se les adjudica cierta propiedad etérea en la que persiste un momento original.
Luego veo a mi hermano haciéndo preguntas que él no hace, preguntas que denotan hasta inocencia, y yo respondo con esa parsimonia que uno tiene cuando de verdad quiere explicar algo, lo más sencillo del mundo.
Enseguida recuerdo no apagar la luz del cuarto del medio, pues tengo presente que no te gusta la oscuridad, al menos no la oscuridad absoluta que reina en el resto de la casa por las noches.
Veo el abrigo que sigue colgado de la silla que tampoco he logrado mover de su lugar pues, la vez en que fue dejada ahí, estaba feliz; estaba pensando en lo afortundo que soy.
Luego recuerdo que tengo cosas por hacer, cosas que la gente hace, que dan sentido a sus vidas y que debo entonar la misma canción.
De sueños
Cuando tengo sueños mientras duermo son pocas las veces que aparecen personas, en realidad lo que suceden son situaciones, lugares y elementos.
Cuando son malos sueños sucede lo mismo, pero siempre hay una constante: una casa vacía donde adentro de ella ocurrió algo o algo ocurrirá.
Esta vez fue en una casa a oscuras, con cosas arrumbadas en su interior, una cama vacía, polvosa, un cuarto contigüo a oscuras de donde surge un grito desgarrador.
Al depertar no pude dejar de pensar en el exceso de pizza que yacía dentro de mi.
Un cuaderno de notas
Hay mucho material que se ha quedado a la postre en la fila de lecturas, saboreando al borde de la mezquindad “Cuentos policiacos latinoamericanos” pero determinado a terminarlo pronto que ya he comenzado una novelita que pinta muy interesante pues cuenta con: un trabajo en silicon valley, intriga y todos los ingredientes perfectos para el drama.
Los días próximos serán igualmente interesantes. Nuevos proyectos, retos con otras variantes, cosas buenas en general que tensan y emocionan. Desconozco si existe la expresión “escribir de nervios”. Pero bueno, algo así pasa.
Y para paliar esos nervios nada mejor que escribir sobre un moleskine
chulada de artifundios. Nunca mi fea letra, mis horrendos trazos, se han visto agraciados por la finura de un insignificante cuadernito. cuando logré hacer algo así será un gran día.
Tengo algunos rollos para mi cámara análoga que promete buenas cosas.
La foto de abajo corresponde a una clase de pintura (de la cual no soy partícipe). Impresionante por demás.

Mi mirada
Me veo y resalto yo mismo mis ojeras, por encima de ellas, la mirada cansada, expectante a la vez que dispersa, desinteresada, hambrienta. Por momentos ilusionada, a veces esperanzada, pero la mayor parte del tiempo ingenua, absurdamente cautiva por sueños que mueren cada ocaso.
Podcast: Tinta Azul – Sangre y Oro
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¿Dónde están las llaves?
Siempre era lo mismo. La mañana y su cielo azul se vieron contaminadas con la grisácea nube de la malidicencias, empujones y reproches por ubicar las llaves.
Debajo de la cama, encima del ropero, dentro del abrigo, abajo de la mesa. Entre más se acercaba la aguja indicando las ocho de la mañana más en lo profundo del misterio se hundían las otrora tintineantes.
El trato inicial era dejarlas donde correspondían, en el pequeño perchero diseñado para ese propósito; el primer y único inciso de esa reglamentación era que: en caso de que las llaves no ocupasen su lugar correspondiente y de no estar siendo usadas, el último que les haya dado uso respondería por su paredero.
Ante la innegable sabiduría salomónica del edicto hogareño sólo se podía esperar la anárquica ruptura del pacto establecido a la menor oportunidad.
-Por estar poniéndote atención con tus cosas no recuerdo si yo las usé anoche. -dijo ella al momento en que decoraba sus ojos con la complicidad de un rímel innecesario pero condescenciente.
-¿Mis cosas? ¡Mas bien yo con las tuyas! Deben estar por aquí -dijo él mientras revolvía un montón de periódicos que nunca se leyeron-, anoche las dejé aquí al regresar de la tienda y ya no están.
-Cómo siempre… -dijo ella más para sí pero con el volumen adecuado para transmitir el mensaje.
-Si, si, como siempre. No veo que tu hagas nada, sigues ahí frente al espejo; te tengo noticias, las llaves no están debajo de todo ese maquillaje.
Como un par de cervatillos que presintieran el inicio de un terremoto, dejaron que su quietud invadiera de silencio lo que hacía unos momentos era caos. Él, arrepentido ipso facto, comenzó a montar una obra increíble en la que el personaje principal buscaba un cubo de hielo en el desierto mientras una tormenta de arena a sus espaldas comenzaba a tomar una fuerza incontenible.
Pero el sonido a su espalda era el cierre de las tapitas de algún cosmético, luego el cierre de un bolso que parecía encerrar un cadáver, y el andar de unos tacones que asemejaban al martilleo con el que se estilaba cerrar los féretros.
Él seguía en el segundo acto de la obra; esconderse en la recámara, removiendo lo que a sus ojos eran sábanas pero que en su mente no era más que su estupidez.
A lo lejos escuchó el inequivoco tañer de las campanas para ese llamado a misa nombrado: “¡qué bueno que las hallaste!”. Sin embargo detuvo en seco su carrera en busca de la salvación filial cuando vió los últimos instantes en que la puerta era cerrada por fuera y asegurada fuertemente con llave.

Esta vida no tiene risas grabadas
Desde aquella vez en que en Natural Born Killers, en las escena en que Juliet Louis es acosada por por su padre y al fondo se escucha el eco de las risas como si este fuese un sitcom, no me he quitado la impresión de que algo o alguien se ríe ante las gracejadas de nuestros tropiezos.
Que sí son graciosos, claro, si estuviesemos en zapatos ajenos.
Pero no.





