Esta vida no tiene risas grabadas
Desde aquella vez en que en Natural Born Killers, en las escena en que Juliet Louis es acosada por por su padre y al fondo se escucha el eco de las risas como si este fuese un sitcom, no me he quitado la impresión de que algo o alguien se ríe ante las gracejadas de nuestros tropiezos.
Que sí son graciosos, claro, si estuviesemos en zapatos ajenos.
Pero no.

Blanco y Negro
No era sencillo determinar si una película a color favorecía la sombra de la enorme cicatriz que embellecía el largo cuello desnudo que ostentaba, creando un efecto de opulencia y miseria ubicua, el collar de brillantes a modelar.
No hacía mucho que ella había obtenido esa marca en su cuerpo. Un pleito de enamorados, habitual entre las modelos que cargaban con patanes vividores que servían, así como ellas, para un sólo propósito muy claro; a diferencia de ellas los patanes no sabían que la sesión se terminaba cuando la ropa volvía a su sitio.
Ahora era difícil continuar con esa profesión que depende de la tersura de la piel para lograr una foto memorable o, en este caso, apenas vendible. El maquillaje no hacía mucho para reducir el relieve de la carne que conjuntaba aquel lienzo tazajeado por la pasión irredenta de algún despechado. Sus ojos, con forma y casi del mismo color de la avellana, miraban con determinación, con una especie de “esto no ha acabado para mi” que causaba cierta pena en aquellos asistentes que presenciaban el ocaso. La luz tampoco ayudaba mucho y poner diversas fuentes de esta no lograba el reflejo que una joya debe lucir en una foto tan simple. Todos sabíamos que ni la luz ni las joyas eran un problema, ni la cámara, ni la película, ni las cortinas negras de terciopelo. A sabiendas, tampoco nadie era capaz de resaltar lo obvio. “Más maquillaje“, dijo una voz anónima que trató de desviar la atención y de pasada, aplicarle más de ese polvo blanco sobre la cara, la frente, para luego caer inevitablemente en ese cuello mancillado.
La sesión se prolongó. El maquillaje se acumulaba capa tras capa. Al terminar, una especie de mimo entristecido embellecida con un collar logró que la película a color se compadeciera del objeto expuesto y cedió para dejar que el blanco y los tonos de negro salvaran el poco orgullo que restaba en el estudio.





